El ámbar no es una piedra, sino una resina fosilizada. Sus propiedades curativas se conocen y se utilizan des de hace más de 40 millones de años.

El ámbar ayuda a normalizar el funcionamiento de las glándulas tiroides y del sistema inmunitario. Los collares de ámbar no deben de ser largos, sino que es mejor que sean cortos para que tengan mayor contacto con el cuello. A través de la piel las propiedades del ámbar pasan a la sangre, y a través de la sangre llegan al resto de órganos para difundir sus propiedades curativas. Por otra parte, el ámbar tiene efectos calmantes sobre el sistema nervioso.

A los niños les protege de dolores mentales, caries, piorreo y gingivitis, por lo que les alivia los dolores durante la dentición y disminuye el exceso de babeo. También es muy beneficioso para el sistema digestivo y renal. Con el simple hecho de llevarlo en contacto con la piel, se transmiten de forma segura y natural los componentes del ámbar hacia el cuerpo.

Su eficacia se basa en su electromagnetismo que tiene un efecto beneficioso sobre el sistema nervioso del niño. De esta manera, el collar actúa rápidamente sobre el dolor y el cansancio del niño.

A los adultos nos ayuda a desinflamar la garganta, estómago, vejiga, hígado y vesícula biliar, alivia los problemas de articulaciones y favorece la revitalización de los tejidos.

El ámbar también sirve para curar heridas y es un excelente antibiótico natural.